Como dijera Mario Kaplún: “Definir qué entendemos por comunicación, equivale a decir en qué clase de sociedad queremos vivir.”
El modelo que deseamos llevar adelante reconoce la necesidad de la transmisión de conocimientos en la comunicación. Pero va más allá al unir a ésta una praxis de reflexión y una ética tendiente a favorecer a las mayorías que apueste a la justicia y la liberación ante toda forma de opresión. La información es necesaria, por supuesto, pero también necesita de una prealimentación y de una problematización.
La primera existe en función de conocer el medio en el que nos vamos a mover, las necesidades de nuestros interlocutores, de quienes nos reciben, nos escuchan, nos leen. La segunda desmistifica el concepto de las comunicadoras y comunicadores como facilitadores. Estamos para abrir el juego, no para cerrarlo; para formular inquietudes, no para darlo todo masticado.
Quizás sea este el motivo por el cual la comunicación popular se ha unido a la educación popular, para de esta forma colaborar en la creación de una conciencia crítica. Justamente el giro está en dejar atrás al "ser acrítico" para transformarnos en sujetos críticos, adoptando cada vez mayor autonomía en la toma de decisiones. Para esto es fundamental establecer canales de intercambio que propicien relaciones de diálogo, creemos que eso es comunicación.
Comunicarnos requiere empatizar con la otra persona y emitir un mensaje claro, sencillo, que posea el mismo código. Muchas veces códigos que ya están inmersos en nuestra cultura, echando mano a las raíces que nos unen y de las que formamos parte históricamente. No proponemos algo nuevo, sino justamente, el rescate de lo que nos antecede y nos es por ello conocido. Esta es una buena manera de hacer que la comunicación comience escuchando, no hablando.
Dar un mensaje manteniendo los códigos culturales compartidos dará lugar a la participación del destinatario en la decodificación del mensaje; las y los hacemos partícipes activos de la “comprensión” de lo que queremos decir. También ayuda en este proceso el hecho de asirnos del mayor número de elementos y lenguajes posibles. Resignificar esos lenguajes e incorporarlos al nuestro le dará creatividad y nuevos aires al discurso. Pero no es cierto que no sobrará nada. Es muy común que el tiempo no sea suficiente para decir todo lo que queremos. Existe un proceso de selección y combinación de la información que deseamos transmitir y si tenemos claro que la objetividad pura no existe, podremos ejercer ese recorte de la totalidad sin caer en la manipulación, ya que con ella, también estamos ofreciendo los elementos para que cada persona dialogue con el mensaje que emitimos.
Sabemos que es difícil lograr una comunicación dialógica y participativa en una sociedad donde no existe la participación. También sabemos que no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que estos cambios se propicien desde arriba. Somos los movimientos de base quienes debemos sentar precedentes al respecto. Somos nosotros quienes debemos apostar al cambio en el paradigma reinante pero no con el fin de enrocar lo de “arriba por lo de abajo”, pues así estaríamos repitiendo esquemas de imposición. El camino está en conseguir una sociedad democrática, abierta y comprometida con una posición ideológica y por supuesto, política.
¿Es posible hablar de política sin caer en estereotipos faranduleros? Participar en los proyectos nos hace parte de ellos, nos involucra y responsabiliza, nos abre las puertas a ser también nosotras y nosotros sujetos protagónicos de lo que sucede a nuestro alrededor. Y a la vez participar y pertenecer socializa el poder existente en toda relación humana. Por ser compartido deja de ser opresivo. Rompe con la relación de sumisión que nos propone el sistema vigente en el que, por cierto, nos educamos y del que debemos desaprender.
Los espacios de encuentro participativo nos ayudan a crecer en la diversidad. Por ejemplo en una cultura organizacional convencional se establecen parámetros piramidales, intergeneracionales y jerárquicos. Aquí hay siempre alguien que manda y otras y otros que obedecen. Si se rompe con esta verticalidad se puede “perder el control” de las situaciones. En cambio en las organizaciones de red, al existir esta socialización de la que hablábamos en la que todas y todos compartimos la información circulante y construimos un espacio de acción común no corremos este “riesgo”. Un proyecto que se sostenga sobre muchas y muchos de nosotros tiene cimientos más firmes, a la vez que por emanar de los sectores populares se asegura un proceso que resulta educativo en sí mismo.
Como proceso educativo de base comienza precisamente con una comunicación dialógica y eficiente en las relaciones interpersonales. Cada uno de nosotros somos la base de esa edificación que queremos lograr. Si podemos enfrentar las crisis con claridad, haciendo el ejercicio diario de hablar escuchando, sin temer al conflicto podremos construir espacios de interacción más grandes.
O como afirma Oscar Jara, “el trabajo en red implica una cultura política transformadora y es expresión de ella. Por eso podemos hablar de la red como una cultura organizacional, como creación cotidiana que atraviesa tanto los espacio de existencia y trabajo institucionales, como los personales.”
Aportar en el camino de la creación de redes sociales (y digitales) democráticas y horizontales es el desafío que nos proponemos en Código Sur. El argumento es férreo, las certezas de que es ésta y no otra, la sociedad en la que queremos vivir, también.